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Bienvenid@s Tod@s

agosto 04, 2007

"La Niña de Papá" Fanfic de Silent Hill Sobre la vida de Angela Orosco

Capítulo 1: La Niña de Papá
Angela Orosco, de seis años, estaba en el dormitorio de sus padres acurrucada al lado de la cama. Tenía la espalda firmemente apoyada contra el gran espejo ornamental, mirando incansablemente la puerta. Abrazaba sus rodillas cercanas al pecho, rezando silenciosamente que su padre la dejara tranquila aunque fuera por una noche. Podía escuchar la puerta de acceso abriéndose en el pequeño departamento de dos dormitorios. Cerró los ojos y escuchó las rabiosas voces a través de la puerta cerrada.

Una voz venía de la madre, Catherine Orosco. Aunque Angela no entendía sus palabras, Catherine estaba furiosa. Angela se encogía mientras escuchaba los gritos de su madre. Alguna vez Catherine fue una mujer dulce, pero desde ese día se volvía más y más hostil hacia su familia.

La otra voz era profunda e ininteligible: una voz masculina. Angela inconscientemente se abrazo fuerte.

Thomas Orosco fue también alguna vez un buen hombre. Trabajaba como leñador en las afueras de su ciudad natal, Silent Hill. Era un hombre justo y de familia, a quien Angela había amado con todo su corazón. Una noche, el destrozó ese amor inocente en un torrente de avaricia maliciosa y afecto enfermo. Su padre había vuelto al hogar borracho. Ella podía oler el acre que expelía en gruesas oleadas. La esposa con justa razón le regañó y tuvo que irse a quedar a casa de un vecino.
Ahora, el padre fue hacia la habitación aún atrapado en su alcohólico vapor. La manera en que miró a Angela la hizo sentir insegura, y la forma en que paso su gruesa y tibia mano por su cabello la dejó incomoda. No fue hasta que empezó a tocarla que...

Angela se estremece mientras recuerda esa espantosa noche. Ahora, estaba lista para repetirla.

Angela abrió los ojos mientras se abría la puerta del dormitorio de sus padres. Una luz pálida sumergía la oscuridad mientras veía una silueta masculina que bloqueaba la puerta. La figura se tambaleó torpemente hacia la habitación, murmurando obscenidades mientras respiraba fuertemente. No pareció darse cuenta de que Angela estaba en la habitación en un principio, pero después de que encendió la luz, unos salvajes, inyectos ojos, encontraron su camino hacia su joven y frágil cuerpo. Sus labios se crisparon en una sonrisa siniestra tras los trazos desdibujados de una barba. Lentamente caminó hacia el escondite, mientras su enorme sombra cubría la pequeña silueta.

"¿Que demonios estas haciendo ahí niña?" Dijo él, su voz caía desarticulada por la bebida. La alcanzó y puso una mano dura sobre la mejilla de Angela. Ella se resistió a la mordaza de su despreciable hedor, mientras tiernamente él le acariciaba la cara. Él le envolvió
los hombros con sus gruesas manos y si ningún esfuerzo la levó a la cama.

"Papi, no..."

Silenciosamente ella lloraba. Sentía las lágrimas tibias por sus mejillas mientras su padre las iba besando. La sensación de su incipiente barba le daba escalofríos en todo el cuerpo. El dolor se apoderó de su nuca mientras el padre tiraba de su largo y lustroso cabello negro, exponiendo su pálido cuello. Sintió la vergüenza y el asco dentro de ella mientras su padre la violaba una vez más. Por el rabillo del ojo, podía ver su propio reflejo en el espejo. Angela contemplaba sus propios lagrimosos y enrojecidos ojos. Se sentía distante, como si ni siquiera ella estuviera ahí.

"¿Quién eres?", Angela pensó soñando en su reflejo.

Su padre bruscamente la arrojó a la cama, y Angela Orosco una vez más se sumergió en su pesadilla...
Capítulo 2: Señales
La ciudad de Silent Hill se divisa entre bellos rayos de sol, como en un resplandor celestial. Todas las cosas parecen más vivas en esta pequeña ciudad de Virginia Occidental; la pálida luz de la mañana se refleja en el hierro y vidrio de las modernas estructuras del distrito comercial de Silent Hill, cuyo contraste con las arcaicas estructuras de ladrillos curados al sol del Viejo Silent Hill. El lago Toluca brillaba con la intensidad de miles de diamantes, el viento traía una suave brisa hacia la dulce ciudad...
Caroline Hunter podría haber disfrutado del paisaje si no hubiese estado tan atrasada para trabajar. El primer día del nuevo año escolar y llegaba tarde; se sentía miserable. Caroline refunfuñaba mientras la luz se volvía roja con su cercanía, casi como si lo hiciera para molestarla. Se despejó la frente y chequeó a la rápida su maquillaje en el retrovisor.
Caroline trabajaba en la Escuela Elemental Midwich, en el viejo Silent Hill, como maestra de primer grado. Había tomado el trabajo después de graduarse en la Universidad de Pleasant River, y realmente esperaba la oportunidad de participar del primer día de clases. Quería mirar las caras jóvenes y ansiosas de los niños, llenos de ganas e inocencia. Sus pensamientos fueron interrumpidos por un bocinazo mientras se aplicaba sombra en los ojos: "Está bien, está bien!" mascullaba y seguía por la calle. Ya estaba atrasada, y sintió que preocuparse de más no tenía asidero, pues no era el fin del mundo. Se estacionó en el ya lleno estacionamiento de la escuela pública de Midwich, no había ningún niño afuera, ni tampoco la mirada escudriñante de algún padre: había llegado aún más tarde de lo que pensaba. Corrió hacia las escaleras y pasó a través de las antiguas puertas del edificio. El aire era mucho más frío ahí, y Caroline sintió un pequeño escalofrío debido al cambio drástico de la temperatura. Vivazmente caminó hacia los silenciosos salones, ocasionalmente mirando a través de los vidrios mientras pasaba. Caroline había estado incontables veces en la escuela, mientras la entrevistaban y también para familiarizarse con el entorno estudiantil, así que no tuvo muchos problemas para llegar a su aula.
Mientras se acercaba al salón, pudo ver a una mujer parada enfrente a la puerta. La había visto muchas veces a lo largo del verano, y se daba cuenta de que su animadversión por la moda no había cambiado en lo más mínimo, al vestir esa horrible falda floreada y esos zapatos de punta abierta que apenas si contenían sus amplios dedos. Su pelo gris y tosco lo llevaba recogido en un tomate cercano a la nuca, y alcanzó a ver como la señora Murphy la miraba de reojo. Caroline se sintió tan vulnerable al ver a la directora como se sentía cuando era niña.
"¡Señorita Hunter! ¿Sabe qué hora es?" musitó la señora Murphy, tratando de contener en la voz el enojo que demostraba a través de su mirada.
Caroline tímidamente sonrió e hizo el intento de parecer acongojada. Nunca le habían llegado a gustar la directora, principalmente porque se veía como una mujer mordaz, a la que -irónicamente- no le gustaban los niños.
"¡Lo siento tanto!" se disculpó Caroline. "Tuve una emergencia esta mañana". Si despertarse tarde por quedarse toda la noche con su novio podía calificar como "emergencia".
La señora Murphy frunció el entrecejo y le dio una mirada furtiva. "Señorita Hunter, debo informarle que en su primer día ya ha dado un mal ejemplo a los niños y sus padres. Cuando la contraté pensé que estaba tomando una buena decisión: por favor, no me demuestre lo contrario". Se dio vuelta y se dirigió por el pasillo hasta perderse de vista.
"Bruja" pensó Caroline para sí misma. Se arregló la blusa y posó la mano en el picaporte. Intentando poner su mejor cara, entró feliz al salón para empezar el día con los niños.
"Buenos días, alumnos" exclamó ella con entusiasmo. "Buenos días profesora" respondió la clase al unísono.
Después de presentarse, empezó a pasar la lista. Uno a uno les fue llamando, y al mirarlos lo hacía con cariño. Caroline siempre había tenido un don para acercarse a los niños, y eso fue lo que la había hecho convertirse en profesora.
- Denisse Nixon
- Presente
- Angela Orosco...
No hubo respuesta del salón. Caroline miró la lista y volvió a repetir:
- ¿Angela Orosco?
Fue ahí cuando vio a la pequeña sentada al final de la clase, tan quieta que no la había notado en un principio. Pelo largo y oscuro que se derramaba sobre sus caídos hombros, y sentada con los brazos firmemente sujetos a sí misma, como en un abrazo personal. Miraba al escritorio, completamente ajena al mundo circundante.
"¿Tú eres Angela?", preguntó Caroline suavemente.
La chica movió la cabeza.
Caroline con un gesto la invitó hacia los chicos más cercanos a ella: "¿Quieres unirte a nosotros?"
Angela sacudió la cabeza, y dejó en claro sus intenciones. Caroline suspiró y se volvió a su puesto. "Probablemente es tímida. Pronto cambiará de parecer", pensó para sí.
Después de pasar la lista, Caroline le dio a la clase su primer trabajo: dibujar a sus familias y hablarles a la clase un poco acerca de ellos. Les entregó lápices y papeles, y dejó a los niños expresarse libremente. El aire vibraba con la emoción de todos de poder mostrar a sus compañeritos las obras de arte. Todos, excepto Angela.
Caroline acercó una silla donde estaba ella, mientras Angela seguía mirando su escritorio completamente enajenada,
"Hey, ¿estás bien?" preguntó Caroline. Angela la ignoró completamente.
"¿Sabes? Cuando algo me molesta, siempre me hace bien contárselo a otra persona". Caroline puso una mano sobre el hombro de la niña. Por primera vez, la pequeña le miró. Caroline podía ver la tristeza a través de esos hermosos y delicados ojos café. Decidió no presionarla; sería mejor que Angela hablara cuando ella misma lo decidiera.
- Angela es un nombre muy lindo. ¿Sabes lo que significa?
Angela movió la cabeza negando, sin apartar la mirada del escritorio.
"Bueno, a qué palabra crees que se parece..."
"Ehm... ¿Ángel?" dijo Angela, con una voz suave y tímida.
"Eso es cierto. Viene de la palabra en latín para Ángel. Muy lindo, ¿no crees?"
Angela la miró con un renovado sentido de intriga, y asintió con fuerza. Empezaron a charlar, e incluso Caroline la hizo sonreír. Angela tenía una hermosa e inocente sonrisa, como si de verdad fuese un ángel.
"Te ves muy hermosa cuando sonríes", le dijo.
Los hoyuelos en las mejillas de Angela aparecieron, al mismo tiempo que empezaba a ruborizarse ligeramente. Era una niña hermosa, que no debería conocer lo que era el dolor o la tristeza. "Al menos pude hacerla sonreír y aliviar algo de su sufrimiento", pensó Caroline con un dejo de orgullo.
El día pareció volar entre tantas actividades entretenidas, y antes de que Caroline pudiera darse cuenta, los chicos ya estaban afuera, jugando y comentándole a sus padres cómo había sido su día. Angela estaba a su lado, de la mano.
- ¿Dónde vives, Angela?
- En los departamentos en Blue Creek.
Una vieja camioneta gris apareció repentinamente, y Caroline sintió como la mano de Angela bruscamente apretó la suya con fuerza.
"¿Te vienen a buscar, Angela?"
La niña asintió, y Caroline vio como la triste mirada de la mañana aparecía nuevamente en la cara de Angela. Caroline se arrodilló y la abrazó fuertemente.
"¡Nos vemos mañana!" gritó mientras Angela se subía al vehículo. Un hombre corpulento estaba tras el volante, y Caroline se dio cuenta de lo reticente que Angela estaba de subirse, mientras agarraba con fuerza su mochila.
"Que Dios te bendiga, pequeño ángel" pensó Caroline, mientras volvía a la sala para guardar sus cosas.
Ella no sabía que en Silent Hill, Dios no iba a estar para Angela.


Capítulo 3: Sonrisa
Thomas Orosco dejó a su hija en su departamento en Blue Creek. No había ninguna duda de que se iría a beber después de haber trabajado todo el día. Angela entró en el apartamento 109 y se sacó los zapatos. Su madre estaba trabajando aún, y se escuchaba de fondo un videojuego que provenía de la habitación que compartía con su hermano mayor de 9 años, Harold.
Decir que era la viva imagen de su padre, era poco. Harold no era ni más ni menos que un cretino; flojo, obeso, irresponsable y capaz de deshacerse de cualquier encargo que su padre le diera.
Angela se sacó la mochila y se sentó en su cama. Su pelo largo caía desordenado desde su cabecita, y enterró la cara en la almohada. Se hundió en sus recuerdos, y se encontró a sí misma pensando alegremente en la señorita Hunter. Era una mujer muy agradable, y Angela estaba encantada con su gracia y belleza. Incluso pensaba en ella como una amiga, mientras recordaba con cariño sus palabras...
"Te ves muy hermosa cuando sonríes"...
- ¿Harold?
Su hermano no respondió, absolutamente absorto en el juego que estaba en pantalla.
"Harold", repitió Angela.
- ¡¿Qué demonios quieres tú?!
- ¿Tú crees que tenga una hermosa sonrisa?
Harold la miró maliciosamente, y espetó: "¿Qué clase de pregunta es esa? Por supuesto que no, ¡tu sonrisa es horrorosa!"
Angela sintió una cuchillada en su pecho.
-"Mi profesora hoy me dijo que me veía..."
- "Pues ella te mintió. ¡Eres tan fea y tonta!"
Sintiéndose destrozada, Angela dejó a su hermano con sus juegos mientras entraba a la habitación de sus padres. Caminó hacia el espejo y se miró por un largo rato. Miraba el reflejo de su sonrisa, mientras la hacía ver lo más grande posible. Se sentía mejor, mirándola; nadie sabría lo que podía estar oculto detrás de ella, su terrible secreto...
Angela Orosco estuvo parada frente al espejo por horas, practicando su sonrisa. Ciertamente, pudo oír la puerta de acceso abriéndose, mientras unos gigantescos y descoordinados pasos se acercaban a la habitación principal. Aún sabiendo el destino inevitable que le aguardaba, siguió sonriendo, escondiendo el dolor en una fachada de felicidad.
"Te ves muy hermosa cuando sonríes"...
La puerta del dormitorio se abrió tras Angela, y el padre entró. Siguió sonriendo a pesar de la monstruosa presencia.
"Sólo sigue sonriendo", pensó la niña; "Te ves muy hermosa cuando sonríes".


Capítulo 4: Perro
Los días se volvieron semanas mientras Angela seguía asistiendo a la escuelita primaria de Midwich. Se había vuelto mucho más sociable y jugaba con los otros niños, pero Caroline, seguía notando una fuerte tristeza en su corazón. En cuanto a su relación, Angela quizás era lo mejor que le había pasado en el trabajo; Caroline no podía dejar de sonreír cada vez que veía a Angela, su calidez, su dulzura, y esa timidez que se iba alejando y dejando a su vez que todos le conocieran como la dulce niña que era.
Un día, ya cuando todos los niños se habían ido, Caroline encontró a Angela sentada en la cuneta, sola. No vio la camioneta que comúnmente venía a buscarla, y el estacionamiento estaba hace rato ya vacío. Caroline llegó al lado de Angela y le habló, cómplice:
- "¿No te han venido a buscar aún?"
Angela miró hacia la calle, con los ojos al borde de las lágrimas:
- "Él aún no llega".
- ¿Sabes dónde está? Quizás podríamos llamarlo.
- No, está bien así. Ni siquiera tengo ganas de ir a casa...
A Caroline le llamó la atención la reluctante actitud de Angela. "Entonces deben ser problemas familiares si no quiere irse a casa".
- ¿Porqué no quieres irte a casa, cariño?
- No me gusta ir allá, odio ese lugar...
Caroline tomó la mano de Angela y le dijo: "Angela, si hay algo que esté molestando, por favor dímelo. Puedes confiar en mí"
Caroline pudo ver como la boca de Angela empezaba a moverse, y que las palabras de un corazón desgarrado estaban a punto de salir. Un chirrido de frenos, y la camioneta apareció a lo lejos, dejando a la niña una vez más sin habla. La camioneta se acercó peligrosamente hacia donde estaban ellas, quedando detenida a escasos centímetros de sus caras. Aún sosteniendo la mano de Angela, Caroline se levantó de la cuneta, mirando recelosa al conductor.
La puerta se abrió de golpe, y el hombre más grande que Caroline había visto en su vida, apareció tras ella. Era alto, robusto, con músculos gruesos que complementaban perfectamente su ancho pecho y su panza de barril. Un asomo de barba cubría su hinchada cara, y vestía un overol sucio y rasgado. Caroline lo miró con recelo antes de darse cuenta de que era el padre de Angela. Sus ojos parecían fijarse en la pequeña como un águila lo hace con su presa, y fue en ese momento en que Caroline se dio cuenta de que algo andaba mal con él.
"¡Angela, siento tanto llegar tarde! Vamos, vamos ya"
Angela no se apartó del lado de Caroline. Caroline habló, sin soltar la mano de la niña: "El señor Orosco, imagino. Soy Caroline Hunter, maestra de Angela". Le extendió una mano perfectamente presentada, la cual fue tomada por una enorme, sudorosa garra.
"Es un honor conocerla, señorita Hunter. De alguna manera, esperaba que usted fuese mucho mayor. Por favor, llámeme Thomas".
"¿Qué estás intentando hacer, flirtear?" se rió para sus adentros tras la patética demostración, y apretando suavemente la mano de Angela. Para su sorpresa, la mano de la pequeña se empezaba soltar, mientras la pequeña se acercaba cabizbaja al lado de su progenitor. Thomas tomó la manita, mientras le daba una sonrisa paterna que no se veía del todo genuina, a juicio de Caroline.
- ¿Sabe señorita Hunter? En mis días no teníamos la posibilidad de conocer profesoras tan lindas como usted...
"Vaya, ni siquiera intenta ser sutil con respecto a lo del flirteo". Caroline sonrió mansamente y dispuso una barrera clara ante las intenciones del hombre. Se veía al menos del doble de su edad, era casado y realmente no era su tipo de hombre.
- Bueno, señor Orosco, supongo que los tiempos cambian; un montón de mujeres jóvenes se involucran hoy en día con la educación, y quién sabe, quizás Angela en algún momento se transforme en profesora también.
Caroline le sonrió a Angela, quién aún estaba agazapada al lado de su padre, con sus pequeños dedos atrapados en esa gigantesca mano.
- Ella no se va a convertir en maestra, se lo aseguro...
- Bueno, ¿preferiría que estuviera en una línea de ensamblaje forestal, como usted lo está?
La falsa sonrisa desapareció del rostro de Thomas, siendo reemplazada por un entrecejo fruncido y unos labios apretados de rabia.
- No hay nada malo con trabajar ahí. Solo porque no tengo un grado académico como el suyo, va a significar que puede mirar en menos mi trabajo. Mientras pague las cuentas, y mantengo un techo sobre nuestras cabezas, estará bien.
- Tiene razón, señor Orosco, disculpe si lo he ofendido.
Sus ojos parecieron brillar mientras ponía a Angela en el asiento del copiloto. Mientras él mismo se subía al auto, miró repentinamente a Caroline. Ella sintió como el desasosiego se apoderaba de su mente a la vez que un escalofrío le recorría la espalda.
Thomas se subió al vehículo y lo hizo partir. Caroline inconscientemente se limpió la mano con la blusa, tratando de apartar la sensación de asco que sentía en ese momento. Algo de él envió inmediatamente señales de advertencia a su cabeza; no tenía la más mínima idea de los horrores a los que era sometida la pobre Angela, ni tampoco del destino que les esperaba a ellos...
Cinco horas más tarde, la familia Orosco se sentaba a la mesa a comer su cena en silencio. Rara vez alguien hablaba, y sólo encontraba las respuestas lacónicas de los acompañantes. Eso era lo que hacía que la familia Orosco se estuviera viniendo abajo, pues en esa mesa todo era tabú; nada era sagrado, ni siquiera la inocencia de una niña.
Angela apenas podía sostener el tenedor en su mano. La forma en que el brutal padre había apretado su frágil mano mientras hablaba con la señorita Hunter, la había lastimado seriamente. Luchaba contra las lágrimas mientras miraba sus dedos hinchados y descoloridos. Incómoda, trataba de sujetar el tenedor, sin éxito alguno. Todo lo que podía hacer era mirar la carne, mientras escuchaba el chirrido del servicio del resto a su alrededor. Finalmente, el padre habló, rompiendo el eterno silencio:
- Hoy conocí a la profesora de Angela...
Catherine gruñó en respuesta, mientras Harold estaba ocupadísimo, cuchareando comida en su boca.
- Esa muchacha tiene una lengua muy afilada en su...
Catherine finalmente respondió, mirando a su esposo indignada: 
- "¿Qué, la estabas besando acaso, como estabas con...?". 
 Repentinamente calló, sin completar la frase, para no desatar la ira de Thomas como otras veces había sucedido.
- Cuida esa boca, mujer.
Angela estaba sentada con la cabeza gacha en todo momento, escarbando la comida con la mano amoratada. Trataba de usar su mano izquierda para agarrar el tenedor, solo para hacerlo caer torpemente entre la comida. Angela estaba hambrienta, el aroma de la comida se le metía por la nariz. La voz de su padre retumbó en sus oídos:
- Angela, come como la gente.
Quería decirle que la había lastimado cuando la apretó. Quería mostrarle la mano, los dedos amoratados e hinchados, y gritarle "Esto es lo que TÚ me hiciste", pero las palabras nunca salieron de su boca, así que agarró un poco de arroz con la mano y se lo llevó a la boca.
- ¡Maldita sea, Angela! ¡Te advierto que en esta mesa, deberás comer como la gente!.
Sus palabras hirieron a Angela, trayendo lágrimas a sus ojitos. Aún así, ella continuó comiendo de su plato con la mano que le quedaba buena, ignorando la sensación de las miradas quemantes de su familia. Finalmente, el padre se puso de pie de un salto, enviando su silla lejos. Su cara estaba roja de furia cuando agarró el plato de Angela:
- ¡Está bien, maldita cerda! ¿Quieres comer como los perros? ¡Entonces come en el suelo!
Furioso arrojó el plato al suelo, haciéndole añicos.
- "Ahí está tu cena, ¡cómela!", gritó Thomas.
La madre intentó ir en su ayuda, pidiéndole a Thomas que se calmara, sólo para encontrar un puñetazo en su cara. Todo lo que Angela podía hacer era quedarse ahí parada, con las lágrimas cayendo por sus mejillas y su mano pegajosa de salsa. Sus padres empezaron a pelear y discutir, gritándose de ida vuelta, una y otra vez. Las violentas palabras no les hacían daño, pero estaban rompiendo el alma de Angela en pedazos. No pudo resistirlo más. Angela escapó de la espantosa escena con la que se sentía más que familiar, y se tiró a su cama, enterrando la cara en la almohada, sin dejar de llorar.
"¿Porqué yo? ¿Porqué esto me pasa a mí?"
Angela dejó de llorar un rato después, cuando se dio cuenta de que bajo la almohada había un papel. Se secó los ojos manchados, y miró con detenimiento. Los dibujos que había hecho de su padre tenían una sonrisa en la cara. Pero no era la sonrisa que le había mostrado a la señorita Hunter, era una sonrisa perversa, siniestra, una que una niña tan pequeña como ella nunca debiese ver. Angela puso nuevamente los dibujos bajo la almohada como si fuesen una especie de talismán, y se internó rápidamente en sus usuales pesadillas de persecución y horror.


Capítulo 5: Fiesta
¿Hace cuánto fue? ¿Qué fue lo que pasó?
No hay daños... visibles...se llevó mi cuerpo... ¿Fue el cuerpo, o el alma?
La oscuridad desaparece... desaparece... en la luz.
Desaparece ahora...en la noche.
Y todos estos años he vagado como una niña... la mañana siempre llegaba... siempre llegaba demasiado tarde.
¿Qué hace a mi mente olvidar? Olvidar lo que hay que esconder...
¿Estará despierta la pesadilla? No lo sé en realidad.
Los años de la vida de Angela Orosco se fueron hacia el pasado en una constante cadena de abuso y abandono. Después de salir del primer grado, nunca volvió a ver a la señorita Hunter. A Angela no le importó realmente, pues no quería que ella pudiera ver el cascarón vacío en que se había convertido. Ir a la escuela era casi tan malo como ir a casa, porque sufrió abusos inaguantables y torturas emocionales de los otros muchachos. Sin ningún apoyo que en quien pudiera confiar, Angela Orosco se quedó atrapada en su propio capullo, llorando amarga y silenciosamente los sucesos de su vida.
A los 17 años, Angela se veía como cualquier muchacha normal. Su cabello largo y oscuro aún caía en cascadas por su espalda y su cara pálida, marcada por el acné. Su cuerpo aún no había adquirido la condición de una muchacha con toda su feminidad a flor de piel, pero eso jamás detuvo a su padre de abusar de ella una y otra vez. Mientras estuvo en la preparatoria, Angela fue una chica solitaria. Las únicas veces en que Angela era realmente feliz era cuando se drogaba con White Claudia, la nueva droga de diseño que hacía furor entre las calles de Virginia Occidental.
Angela llegó a la White Claudia a través de otra chica del colegio, Kimberly Coates. Ellas no eran formalmente amigas, solo eran dos almas dañadas y perdidas, agarrándose a cualquier traza de normalidad que pudiesen encontrar. Se quedaban detrás de la escuela, y enrollaban el White Claudia con gran experticia en un papel de cigarrillos usado. Compartían el pitillo, llevando el humo acre hacia sus pulmones y exhalando veneno hacia el mundo exterior.
"Todo se tornaba iluminado una vez que estabas aquí; todo estaba vivo y todo respiraba. Nada estaba muerto, y nada sangraba". El aire nunca había olido tan fresco, ni el pasto se veía tan verde. En realidad, Angela y Kimberly eran las Indeseables de Sarban, las Castas Intocables del sistema estudiantil, pero mientras estuviesen drogadas eran diosas perpetuas.
Una noche, Kimberly invitó a Angela a su casa para una pequeña fiesta. Ella vivía en los apartamentos de Woodside, directamente adyacentes a aquellos en los que vivía. A las 23:00 hrs. de esa noche fatídica, Angela silenciosamente se vistió con unos jeans y una blusa blanca, y salió del departamento. Se encontró con Kimberly en el estacionamiento, con una sonrisa radiante y los ojos ya enrojecidos por una fumada previa. Exaltada, agarró la mano de Angela guiándola por la calle
- ¡Ya era hora! Pensé que no ibas a venir.
Angela sonrió sumisa. Las chicas caminaron de la mano al departamento de Kimberly, ansiosas de lo que se les esperaba en la noche...
Para ser un departamento tan pequeño, una miríada de personas adornaban el living. La mayoría de ellos tenían la edad de Angela, y la mayoría de ellos nunca antes la habían visto. Todos ellos eran metaleros, con poleras de grupos rock, cabello largo y muñequeras de cuero por doquier. El aire estaba lleno de charla nerviosa y humo: una pequeña reunión, por así decirlo.
Angela apartó algunas prendas, y se sentó en el sofá. Nadie parecía prestarle atención. Angela tomo un respiro hondo y bostezó. Se preguntaba cuánto tiempo estaría ahí. El humo en el aire estaba empezando a cobrar efecto, haciéndola sentir ligera y mareada. A su lado, Kimberly se dejó caer con un suspiro.
- No me esperaba que tuvieras una fiesta...
Kimberly sonrió y miró a Angela con ojos que estaban millas y millas lejanos:
- Solo relájate. Son gente muy buen...
Su voz se atascó fuertemente por el uso de la droga. Sostenía un pitillo e invitó a Angela a probarlo: "Toma de éste, es mucho más fuerte".
"Eres mi salvavidas" dijo mirando al pitillo, y se lo llevó a los labios. Cerró los ojos e inhaló hondo... Angela podía sentir el golpe de humo corriendo a través de su esófago, finalmente yendo hacia sus pulmones. Lentamente exhaló y abrió los ojos...
Esto era para lo que vivía. El humo bailaba enfrente de sus ojos vidriosos y casi no se dio cuenta cuando Kimberly la tomó de la mano y la llevó al centro del gentío:
- Vamos Angie, ¡bailemos!
Kimberly se contorneaba sensual mientras la música fluía, Angela imitaba torpemente sus pasos y se descoordinaba más rápido de lo que podía moverse al unísono. Kimberly se movía como una gata frente a Angela mientras ésta podía prácticamente sentir su tibio aliento intoxicado. Todos en la habitación dejaron de lado sus actividades y empezaron a poner atención fija en los movimientos eróticos de ambas.
Angela nunca se había sentido así antes, tan deseada, tan voluptuosa, tan sensual. Había tomado ya el ritmo, y dejó caer su cabello castaño sobre su cara para echarlo hacia un lado con una suave cadencia de su cabeza. Kimberly estaba más cerca aún, y cuando sus caderas se juntaron en un abrazo, Kim con sus labios acarició una de las mejillas de Angela, mientras la multitud mayoritariamente masculina empezaba a aplaudir y ovacionar.
Angela sintió repentinamente un escalofrío a medida que los besos de Kimberly se iban acercando a las comisuras de su boca; había algo familiar en ellos. Rápidamente, Kimberly bajó hasta su cuello, y Angela cerró los ojos dejándose llevar por los pensamientos que cruzaban su mente.
"Sentía las lágrimas tibias por sus mejillas mientras su padre las iba besando. La sensación de su incipiente barba le daba escalofríos en todo el cuerpo"
Angela dejó escapar un grito de terror y empujó Kimberly tan fuerte, que la chica fue a parar a un sillón cercano, mirando a Angela con desdén:
- ¡¿Qué demonios te pasa a ti?!
"...se resistió a la mordaza de su despreciable hedor, mientras tiernamente él le acariciaba la cara. Él le envolvió con sus gruesas manos los hombros y si ningún esfuerzo la llevó a la cama"
Angela no escuchó nada; su cabeza estaba sumergida en los espantosos recuerdos mientras desesperadamente trataba de mantenerse en equilibrio. De un lado a otro fue a dar a una pared cercana, a la cual se aferró mientras seguía mirando con terror a través de sus abiertos ojos café. El desdén de Kimberly se convirtió en confusión cuando recibió respuesta de su amiga:
- ¡Quita tus sucias manos de mí, bastardo! ¡No me toques! ¡No vuelvas a tocarme, mal nacido hijo de puta!
Angela solo podía ver la cara de su padre en todos los rostros de la habitación, y mientras ellos hablaban, solo escuchaba los jadeos y obscenidades que su padre solía decirle. Con un grito desesperado, salió corriendo y dejó a Kimberly sumida en el más extraño viaje que jamás había tenido.


Capítulo 6: “An...ge...la...”
- ¡Perra miserable!
La cabeza de Angela dio la vuelta violentamente mientras su padre le cruzaba la cara de un manotazo. Podía sentir la sangre lentamente llenando su boca mientras empezaba a caer por el labio hinchado.
"Estúpida... ¡Eso es lo que mereces por escaparte sin autorización!" gritaba Harold desde la pieza, alentando a su padre.
Tom Orosco dio una cómplice mirada a su hijo mientras decía: "¿Esta maldita basura quiere escaparse por la noche y romper mis reglas? ¿Quiere desobedecerme? ¡No lo voy a tolerar! Voy a..."
No alcanzó a terminar la frase. Sujetó a Angela del pelo y la levantó del piso hasta que sus pies ya no lo tocaban, mientras Harold reía sórdido. "¡Pues estás condenada!".
Angela gritaba de dolor, mientras era arrojada por los aires hacia la cocina por una fuerza demoníaca personificada en su padre. Se estrelló contra el lavaplatos, rompiendo vajilla, vasos y dejando un desastre de cubiertos regados en el piso manchados de comida y sangre que salía de su boca. Angela miraba la escena como si no estuviese realmente ahí, miraba los platos rotos, la cena que había preparado, las copas cayendo, un cuchillo... Un cuchillo.
- ¡Te voy a enseñar lo que es respeto, maldita perra mal nacida! ¡Ahora te voy a dar motivos para que llores por todo lo que te queda de miserable vida, puta!
Thomas vociferaba vuelto una fiera. Cada paso que daba, cada sacudida de su cuerpo, cada latido de su corazón le hacían sentir a Angela que éste podía ser su último momento de vida.  
Pero no tenía porqué ser así.
Thomas agarró nuevamente a Angela. Le acercó la cara y dijo: 
- ¡Levántate perra, te voy a...

Nunca llegó a finalizar sus palabras; un cuchillo se enterró en su abultada entrepierna. Los ojos de Angela brillaban con una furia inigualable, con rabia, pero también con alegría. Mientras su padre caía presa del dolor, Angela seguía enterrando y cercenando, sus manos llenas de sangre, su mente estaba en un lugar luminoso.
- "¡Nunca volverás a tocarme, maldito cerdo!" pensaba mientras iba cortando sus dedos uno a uno, imaginando todas las veces que había sentido el horror de tenerlos sobre su cuerpo. Los ojos vinieron después, y lo último que Thomas pudo ver fue una sonrisa perturbada y maligna en la cara de Angela, la misma sonrisa que le lanzaba cuando era solo una niña antes de sentir el cuchillo privándolo de cualquier otra imagen para siempre.
El golpe de gracia fue en el pecho, y mientras el cuchillo se hundía en el corazón de la bestia, este dejó escapar sus últimas palabras:
- “An...ge...la...”
Harold miraba la escena atónito y pasmado, sin saber que hacer ante la monstruosa situación. Angela suavemente se puso de pié y se dirigió a él. Ya su mano no temblaba, unos cuántos golpes diestramente acertados, y la garganta de su hermano estaba rebanada mientras se desangraba hasta morir.
Fue ahí cuando un grito sacó a Angela de su paroxismo.
- ¡Angela, no! ¡¿Que has hecho, hija mía, que has hecho?!
La madre horrorizada por la escena, lo comprendió todo. Tras años de callar los abusos constantes de Thomas y Harold hacia la pequeña, temía que algún día esto fuera lo que sucediese. Sin embargo, no les prestó ningún tipo de auxilio. Corrió donde su hija, y le aconsejó soltar el cuchillo. Angela la miró feroz, y le dijo que nunca más sufrirían. Ya no.
La madre, consciente de la situación, la metió bajo la ducha con ropa y todo, para lavar la sangre. La dejó ahí por un instante, mientras vigilaba la llegada inminente de la policía. Los sollozos de Angela la hicieron ir nuevamente hacia el baño, mientras veía como frenética, Angela se sacudía:
- ¡No sale mamá, no se sale! ¡La sangre no se va, el agua no quita la sangre!
Catherine sacó a su hija de la ducha, la envolvió con varias toallas y comprendiendo que no había vuelta atrás en la vida de ambas, le dijo:
- Amor, no hay sangre en tus manos, tan sólo estás mojada.
Las sirenas cortaron ese único momento en que Angela por fin podía sentirse a salvo entre los brazos de su madre, un momento tan fugaz pero que para ella sentía tan, tan preciado...
Catherine Orosco se apresuró a sacarla por la escalera de emergencia: "No puedes quedarte aquí, Angela. Ve a los bosques, yo te buscaré ahí" Angela, aún con el cuchillo en la mano y dejando las toallas de lado, besó a su madre tiernamente en la mejilla. La miró una vez más, para mantener su recuerdo mientras esperaba por ella.
Cuando Angela se internó en el bosque, la madre se dirigió al cuarto. Se sentó frente al espejo, se miró por un segundo y vio como la luz de la luna entraba por la ventana. Lentamente abrió el pequeño cajón del velador y sacó una pistola plateada. Siempre había esperado usarla en contra de su marido, para liberar a su pequeña hija, pero lo amaba demasiado como para concretarlo. Ahora, que ya era muy tarde, miró como la luna se reflejaba en el espejo una última vez, y pidió perdón por no haber sido fuerte. Cayó tendida en su cama, con la pistola humeante entre sus dedos y con la mirada fija en la luna reflejada.
Angela escuchó el disparo junto con las sirenas, pero al volver la mirada, la espesa niebla no la dejaba ver más de dos pasos más allá de donde iba. Pero no tenía tiempo para eso, debía ir al bosque. Se encontraría ahí con mamá, más tarde.


Capítulo 7: Epílogo (Perdido)
Había pasado un tiempo ya.
Angela Orosco tenía frío. Su blusón blanco no le ofrecía ningún tipo de protección, ya que lo que sentía era una sensación desprovista de emoción que encerraba su corazón. Angela vagaba sin rumbo a través de los recovecos envueltos de niebla del bosque de Silent Hill, sin saber que ruta tomar pero demasiado asustada para desviarse hacia donde quiera que fuese.
"Me pregunto si todavía estarás por acá... Mamá..."
Cuidadosamente caminó por el camino de hojas secas y ramillas que se quebraban bajo sus pies. No tenía idea qué la había traído de vuelta a este pueblo; quizás fue el destino perpetuo el que siempre la traía de vuelta... Un vacío que se sentía eterno e inexorable, siendo Silent Hill el único lugar en el que podría llenarlo.
Angela se detuvo enfrente de unas puertas oxidadas. A través de la espesa niebla, podía ver salir muchos objetos de la tierra, parecían rocas; si acercaba un poco, vería que eran lápidas. Angela agarró firmemente las barras oxidadas de las puertas del cementerio y las empujo con fuerza. Las bisagras chirriaron como el grito de un espectro demoníaco, creciendo en intensidad gracias al eco y la oscuridad. Se internó en la niebla que envolvía la necrópolis, pensando para sí misma: "No me gusta este lugar".
Estaba asustada; de lo desconocido, del destino que quizás podría esperarla, del hecho de que no volvería atrás a pesar de su miedo. Un fuego en su interior se encendió al preguntarse porqué se dirigía ahí, y no se apagaría hasta que lo descubriera, o consumiría su alma.
Caminó a través de las tumbas, con las zapatillas ligeramente chocando con la tierra suave y mullida. Sintió como si fuese guiada por una fuerza invisible; algo más grande que ella misma la llamaba hacia los secretos. Su sombra, repentinamente recayó sobre una lápida. Esta no era como las otras, no había una sola flor que la adornase, nada que pudiese decir que esta persona fue amada por otro ser. Solo había un caminito cubierto ya por la hojarasca. Angela se arrodilló a un lado de la tumba, tratando de descifrar las palabras bajo la cubierta de tierra y raíces sobre la lápida. Suavemente apartó los residuos, y leyó el nombre con una voz suave, que casi parecía un susurro suspendido en el aire:
"Thomas Orosco"
1950 - 1999
Padre Dedicado y Esposo Devoto
El nombre le enviaba señales de reconocimiento dentro de su cabeza. Trataba de entender la evasiva importancia de ese nombre, mientras sus pensamientos se hundían en la ferocidad de su cansada memoria.
"Thomas Orosco.... Padre..... Devoto...."
- Disculpe... Yo...
Angela instintivamente saltó ante el sonido de la voz que estaba detrás de ella. Se alejó de la tumba, sintiendo una mirada acusatoria en sus delicados ojos café.
"Lo siento, disculpe, yo sólo estaba...." Se disculpó. El hombre que estaba parado frente ella la miró con un dejo de incredulidad. Era un hombre medianamente joven, de cabello rubio y chaqueta verde.
"No se preocupe, está bien. No pretendía asustarla, es sólo que estoy un poco perdido..."
Ahora era turno de Angela el mirarlo incrédula. Sus sentidos lentamente se sintieron calmados, una dulce confusión llenó todos sus sentidos y olvidó por completo el hecho de porque ella estaba en el cementerio. Miró al hombre de arriba a abajo, y con una suave y tímida sonrisa le pregunta:
- ¿Perdido?
************ FIN ************